
Sísifo sufrió uno de los castigos más terribles que se pueda imaginar. Cuenta la mitología griega que los dioses le obligaron a subir una piedra pesada hasta la cima de una montaña. Cuando al acabar el día Sísifo estaba a punto de culminar la tarea, la piedra caía y tenía que comenzar el trabajo desde cero, así hasta el infinito. En eso consistió el castigo, en un trabajo inútil y sin esperanza.
Los Saints han visto como este Domingo todas las temporadas inútiles, todos los esfuerzos que acababan con el equipo en el fondo de la clasificación, todas las temporadas regulares que casi siempre terminaban con un balance de victorias-derrotas negativo quedan atrás 43 años después. Para ello han tenido que encumbrar al Olimpo de los Dioses a unos cuantos personajes de carne y hueso.
Sean Payton, que no ha dudado ni un segundo de un equipo en el que pocos han confiado en la historia de la NFL. La fe ciega en que su equipo podía convertir un cuarto y goal en el segundo cuarto, cosa que no fue así, la fe en que su equipo podía salir victorioso del onside kick al inicio del tercer período, cosa que sí ocurrió, y la fe en mantener una defensa más pendiente del pase que de la carrera cuando Addai les estaba machacando, cosa que terminó con un TD defensivo que cerró el título para los de New Orleans.
Drew Brees, el QB que salió por la puerta de atrás de San Diego, al que los Miami Dolphins despreciaron, que iba a ver a Payton Manning jugar con los Colts en su época de estudiante en la cercana Universidad de Pardue, al que se le acusaba de ser bajito para el fútbol americano, del que se decía que sus records de Universidad era ficticios, ha surgido con un partido espectacular, con 32 pases completados, igualando un record en partidos de SB que tiene Brady y ganándose los laureles de MVP . ¿No parece ahora un error que el MVP de temporada regular haya sido para Manning en vez de para Brees?
Jeremy Shockey, el tight end de los tatuajes, uno de los chicos malos de la NFL, que se perdió la Super Bowl del 2007 con sus Giants a causa de una lesión, del que aún recordamos las imágenes de su presencia en aquella final de Phoenix desde un palco del estadio, del que la franquicia de New York se deshizo pensando que se quitaba un problema de encima además de a un jugador acabado, el rubio hizo un touchdown en la final y su particular reválida ha quedado superada.
Tracy Porter, un chaval que se crió en Louisiana, que soñó con vestir algún día de dorado y negro, que lo que mejor sabe hacer es correr, correr y seguir corriendo, que se convirtió en héroe insospechado al interceptar un pase de Manning y convertirlo, cual Juan Tamariz, en el último touchdown de la Super Bowl XLIV.
Y Vilma, y Sharper, y Bush, y un largo etcétera, muchos nombres de jugadores que no encajaban en otras franquicias y que han acabado en New Orleans, formando un puzzle que ha terminado dando la alegría más importante a una ciudad sumida en una depresión desde hace un lustro.
Hoy, en la ciudad que vio nacer el blues, en el Estado donde Forrest Gump inició su imperio de gambas, donde el carnaval tiene una relevancia parecida a la que tiene en Europa, por las calles que ambientaron la excelente novela "La conjura de los necios", la fiesta no ha hecho más que comenzar. Los Santos han llegado a la categoría de Dioses, inmortales, perfectos, inolvidables, de los que narrar su hazaña una y otra vez.
Los Saints han visto como este Domingo todas las temporadas inútiles, todos los esfuerzos que acababan con el equipo en el fondo de la clasificación, todas las temporadas regulares que casi siempre terminaban con un balance de victorias-derrotas negativo quedan atrás 43 años después. Para ello han tenido que encumbrar al Olimpo de los Dioses a unos cuantos personajes de carne y hueso.
Sean Payton, que no ha dudado ni un segundo de un equipo en el que pocos han confiado en la historia de la NFL. La fe ciega en que su equipo podía convertir un cuarto y goal en el segundo cuarto, cosa que no fue así, la fe en que su equipo podía salir victorioso del onside kick al inicio del tercer período, cosa que sí ocurrió, y la fe en mantener una defensa más pendiente del pase que de la carrera cuando Addai les estaba machacando, cosa que terminó con un TD defensivo que cerró el título para los de New Orleans.
Drew Brees, el QB que salió por la puerta de atrás de San Diego, al que los Miami Dolphins despreciaron, que iba a ver a Payton Manning jugar con los Colts en su época de estudiante en la cercana Universidad de Pardue, al que se le acusaba de ser bajito para el fútbol americano, del que se decía que sus records de Universidad era ficticios, ha surgido con un partido espectacular, con 32 pases completados, igualando un record en partidos de SB que tiene Brady y ganándose los laureles de MVP . ¿No parece ahora un error que el MVP de temporada regular haya sido para Manning en vez de para Brees?
Jeremy Shockey, el tight end de los tatuajes, uno de los chicos malos de la NFL, que se perdió la Super Bowl del 2007 con sus Giants a causa de una lesión, del que aún recordamos las imágenes de su presencia en aquella final de Phoenix desde un palco del estadio, del que la franquicia de New York se deshizo pensando que se quitaba un problema de encima además de a un jugador acabado, el rubio hizo un touchdown en la final y su particular reválida ha quedado superada.
Tracy Porter, un chaval que se crió en Louisiana, que soñó con vestir algún día de dorado y negro, que lo que mejor sabe hacer es correr, correr y seguir corriendo, que se convirtió en héroe insospechado al interceptar un pase de Manning y convertirlo, cual Juan Tamariz, en el último touchdown de la Super Bowl XLIV.
Y Vilma, y Sharper, y Bush, y un largo etcétera, muchos nombres de jugadores que no encajaban en otras franquicias y que han acabado en New Orleans, formando un puzzle que ha terminado dando la alegría más importante a una ciudad sumida en una depresión desde hace un lustro.
Hoy, en la ciudad que vio nacer el blues, en el Estado donde Forrest Gump inició su imperio de gambas, donde el carnaval tiene una relevancia parecida a la que tiene en Europa, por las calles que ambientaron la excelente novela "La conjura de los necios", la fiesta no ha hecho más que comenzar. Los Santos han llegado a la categoría de Dioses, inmortales, perfectos, inolvidables, de los que narrar su hazaña una y otra vez.
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